EL MUNDO QUE MUERE Y EL MUNDO QUE NO HA NACIDO AUN.

José “Pepe” Mujica, entre el mundo que muere y el mundo que no puede nacer

Para asombro de muchos, el expresidente uruguayo José Mujica se transformó en una celebridad internacional que perdura hasta hoy. Él reclamó un gobierno mundial, que la dirección política se entrelazara con la sabiduría de la ciencia, y crear una nueva cultura que propusiera un nuevo modelo global colectivo y viable. Su popularidad, si en verdad es un compromiso genuino con sus ideas, quizá sea la prueba de que verdaderamente hay un mundo nuevo que está por nacer.

No es fácil explicar los motivos de la enorme popularidad mundial que alcanzó el expresidente Mujica. Sin proponérselo, el “Pepe”, aquel combatiente retirado del singular movimiento armado Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros; el cultivador de flores, el político desaliñado, el presidente que siempre resistió los protocolos y las formalidades, capturó la atención de multitudes en todos los continentes.

Lejos de provocar sorpresa, ese reconocimiento fronteras adentro solo parecía confirmar el dudoso mito de la “exepcionalidad” uruguaya, tan inverosímil como sigilosamente abrigado en el imaginario de este pequeño país. Un mito que también supone la inclinación por el recato y la moderación.

Pero no hablaremos de la preferencia por esa “pobreza” que se le atribuyó, y que él mismo, tal como fue interpretada, nunca reconoció. Nos proponemos ensayar otra explicación mucho menos complaciente: el inmenso interés que alcanzó su figura no se debe a ciertas singularidades y rarezas, sino a la coherencia de una voz que llamó a un futuro nuevo cuando el mundo, en este dramático cambio de época, no lograba aún formular una alternativa en su carrera ciega al despeñadero. Si estamos en lo cierto, no todo estará perdido y la promesa humana aún puede salir del atolladero en que nos encontramos.

Uno de los discursos más difundidos y celebrados de Mujica fue su intervención el 24 de septiembre de 2013 en el 68º Período de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Con su particular estilo, instaló la preocupación por la evidente crisis que atraviesa la humanidad, en una pieza oratoria cuya sustancia se esforzó por reiterar en múltiples ocasiones. Es que, entre la miseria, el dolor o el agotamiento, los seres humanos quizá estemos frente a lo que ya había enseñado Antonio Gramsci: “lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer”.

En Mujica se condensan las viejas generaciones dirigentes inertes ante el poder del dinero, y al mismo tiempo lo nuevo que no nació, esa cultura política, antropológica y social de un futuro que quizá ya asoma, aunque, digámoslo, es posible que nunca llegue hasta aquí.

Todo su discurso —y él mismo, su propio modo de vida y su propio pasado— representa simultáneamente el mundo que muere y el mundo que no ha nacido aún. Desde este punto de vista, Mujica encarna una nueva cultura, tan necesaria como poco frecuente entre los sectores dirigentes a los que sin duda perteneció. Desde un país del Sur y desde la historia —la suya y la historia americana— se desplazó sin dificultad a un plano mundial, y de este modo superó su propia experiencia situándose en un lugar obligado y urgente: la defensa de “la vida global”.

Como sucede con toda cultura emergente —y por esta razón sojuzgada y marginada—, Mujica se enfrentó a la necesidad de desmontar la cultura dominante del mercado, de la acumulación, del consumismo depredador y de la codicia, ponerla en entredicho, exponer sus contradicciones. Por este camino el futuro es directamente el derrumbe: por un lado, ese mundo que muere exige tiempo de trabajo inútil y agotador que entorpece el goce del tiempo libre de obligaciones, y por otro, necesariamente segrega a la pobreza a millones, pues resulta materialmente imposible su continua expansión. Un modelo que arruina el planeta, que devora recursos sin más destino que la acumulación de bienes inútiles y rápidamente obsoletos, hasta el agotamiento del aire, el agua, la tierra y la vida. Un sistema que nos obliga a elegir únicamente entre la pobreza, el hastío y la extenuación.

Así nos deja, entonces, frente a una cultura dominante envejecida que sostiene un modelo económico y social insostenible, convertido en un obstáculo al mismo desarrollo humano que alguna vez impulsó. No obstante, una nueva época ya está aquí y somos incapaces de construir una cultura y una dirección política que sustituya a la antigua, que despliegue todas las verdaderas energías de la ciencia inspirada en el progreso y no en la ambición.

En definitiva, Mujica expresó los límites en que nos encontramos. “¿¡Qué nos está pasando!?”, desafía: “entramos en otra época aceleradamente, pero con políticos, atavíos culturales, partidos y jóvenes, todos viejos”. Él mismo era un viejo político, él mismo aseguraba pertenecer a un pasado que ha quedado definitivamente atrás. Pero envejecido está, en verdad, el modelo económico y social, envejecida está la cultura que lo conserva, y envejecidas están las ideas y hasta el sentido común.

Pero Mujica presentaba, y aquí está su peculiaridad, los rasgos de una nueva forma de vivir que se nutre de la historia, de largas tradiciones y proyectos todavía inconclusos sobre el autogobierno, el buen vivir y la libertad. Sin embargo, aún estamos en el interregno gramsciano, en esa crisis llena de peligros, en el desorden del pensamiento y de la acción, y aquí se encontraba el núcleo de su temor.

“El interregno, la crisis cuya solución históricamente normal queda bloqueada, ¿se resolverá necesariamente en favor de una restauración de lo viejo?”, se preguntaba Gramsci. Para él, la crisis representaba exactamente lo mismo en la medida que observaba una suerte de “obstáculo mecánico que impide que quien puede dirigir acceda y lleve a cabo su misión”. Mujica consideraba que la dirección mundial se concentra en unas trasnacionales y un poder financiero sin otra voluntad que la acumulación, y no en la “alta política entrelazada con la sabiduría científica, esa ciencia que no apetece el lucro sino el porvenir”.

No es fácil explicar los motivos de la enorme popularidad mundial que alcanzó el expresidente Mujica. Sin proponérselo, el “Pepe”, aquel combatiente retirado del singular movimiento armado Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros; el cultivador de flores, el político desaliñado, el presidente que siempre resistió los protocolos y las formalidades, capturó la atención de multitudes en todos los continentes.

Lejos de provocar sorpresa, ese reconocimiento fronteras adentro solo parecía confirmar el dudoso mito de la “exepcionalidad” uruguaya, tan inverosímil como sigilosamente abrigado en el imaginario de este pequeño país. Un mito que también supone la inclinación por el recato y la moderación.

Pero no hablaremos de la preferencia por esa “pobreza” que se le atribuyó, y que él mismo, tal como fue interpretada, nunca reconoció. Nos proponemos ensayar otra explicación mucho menos complaciente: el inmenso interés que alcanzó su figura no se debe a ciertas singularidades y rarezas, sino a la coherencia de una voz que llamó a un futuro nuevo cuando el mundo, en este dramático cambio de época, no lograba aún formular una alternativa en su carrera ciega al despeñadero. Si estamos en lo cierto, no todo estará perdido y la promesa humana aún puede salir del atolladero en que nos encontramos.

Uno de los discursos más difundidos y celebrados de Mujica fue su intervención el 24 de septiembre de 2013 en el 68º Período de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Con su particular estilo, instaló la preocupación por la evidente crisis que atraviesa la humanidad, en una pieza oratoria cuya sustancia se esforzó por reiterar en múltiples ocasiones. Es que, entre la miseria, el dolor o el agotamiento, los seres humanos quizá estemos frente a lo que ya había enseñado Antonio Gramsci: “lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer”.

En Mujica se condensan las viejas generaciones dirigentes inertes ante el poder del dinero, y al mismo tiempo lo nuevo que no nació, esa cultura política, antropológica y social de un futuro que quizá ya asoma, aunque, digámoslo, es posible que nunca llegue hasta aquí.

Todo su discurso —y él mismo, su propio modo de vida y su propio pasado— representa simultáneamente el mundo que muere y el mundo que no ha nacido aún. Desde este punto de vista, Mujica encarna una nueva cultura, tan necesaria como poco frecuente entre los sectores dirigentes a los que sin duda perteneció. Desde un país del Sur y desde la historia —la suya y la historia americana— se desplazó sin dificultad a un plano mundial, y de este modo superó su propia experiencia situándose en un lugar obligado y urgente: la defensa de “la vida global”.

Como sucede con toda cultura emergente —y por esta razón sojuzgada y marginada—, Mujica se enfrentó a la necesidad de desmontar la cultura dominante del mercado, de la acumulación, del consumismo depredador y de la codicia, ponerla en entredicho, exponer sus contradicciones. Por este camino el futuro es directamente el derrumbe: por un lado, ese mundo que muere exige tiempo de trabajo inútil y agotador que entorpece el goce del tiempo libre de obligaciones, y por otro, necesariamente segrega a la pobreza a millones, pues resulta materialmente imposible su continua expansión. Un modelo que arruina el planeta, que devora recursos sin más destino que la acumulación de bienes inútiles y rápidamente obsoletos, hasta el agotamiento del aire, el agua, la tierra y la vida. Un sistema que nos obliga a elegir únicamente entre la pobreza, el hastío y la extenuación.

Así nos deja, entonces, frente a una cultura dominante envejecida que sostiene un modelo económico y social insostenible, convertido en un obstáculo al mismo desarrollo humano que alguna vez impulsó. No obstante, una nueva época ya está aquí y somos incapaces de construir una cultura y una dirección política que sustituya a la antigua, que despliegue todas las verdaderas energías de la ciencia inspirada en el progreso y no en la ambición.

En definitiva, Mujica expresó los límites en que nos encontramos. “¿¡Qué nos está pasando!?”, desafía: “entramos en otra época aceleradamente, pero con políticos, atavíos culturales, partidos y jóvenes, todos viejos”. Él mismo era un viejo político, él mismo aseguraba pertenecer a un pasado que ha quedado definitivamente atrás. Pero envejecido está, en verdad, el modelo económico y social, envejecida está la cultura que lo conserva, y envejecidas están las ideas y hasta el sentido común.

Pero Mujica presentaba, y aquí está su peculiaridad, los rasgos de una nueva forma de vivir que se nutre de la historia, de largas tradiciones y proyectos todavía inconclusos sobre el autogobierno, el buen vivir y la libertad. Sin embargo, aún estamos en el interregno gramsciano, en esa crisis llena de peligros, en el desorden del pensamiento y de la acción, y aquí se encontraba el núcleo de su temor.

“El interregno, la crisis cuya solución históricamente normal queda bloqueada, ¿se resolverá necesariamente en favor de una restauración de lo viejo?”, se preguntaba Gramsci. Para él, la crisis representaba exactamente lo mismo en la medida que observaba una suerte de “obstáculo mecánico que impide que quien puede dirigir acceda y lleve a cabo su misión”. Mujica consideraba que la dirección mundial se concentra en unas trasnacionales y un poder financiero sin otra voluntad que la acumulación, y no en la “alta política entrelazada con la sabiduría científica, esa ciencia que no apetece el lucro sino el porvenir”.

Texto tomado del Periódico UNAL, escrito por Gerardo Albistur | Docente en la Facultad de Información y Comunicación de la Universidad de la República, Montevideo, Uruguay

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