El fútbol, el deporte rey, ahora debe jugar para ganar por el planeta.

El fútbol es el deporte más seguido en el mundo y su creciente popularidad genera impactos ambientales adversos, asociados con la construcción de infraestructura, el catering de los eventos, los desplazamientos de equipos y aficionados, el consumo energético de los estadios, el uso de agua para el mantenimiento de las canchas y los residuos derivados del consumo masivo de plásticos y alimentos, entre otros factores. Por tanto, el fútbol y el medioambiente mantienen una relación estrecha, en la que ambos terminan afectándose mutuamente.

La industria del fútbol tiene impactos ambientales significativos, especialmente por las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) derivadas de la construcción y operación de estadios, así como de los viajes de futbolistas, aficionados, medios de comunicación y personal logístico vinculado a los torneos.

La huella de carbono es el conjunto de todas las emisiones de GEI causadas directa e indirectamente por una persona, organización o evento. En ese sentido, investigaciones recientes han revelado que durante la temporada 2018-2019 de la Premier League inglesa, el 61% del impacto ambiental provenía del transporte por los viajes de clubes y aficionados.

En 2002, la Copa Mundial de Japón marcó uno de los primeros grandes antecedentes sobre el impacto climático de este tipo de torneos. Los equipos recorrieron más de 31.000 kilómetros desde sus países de origen hasta Asia, generando más de 170 toneladas de dióxido de carbono solo por viajes aéreos, equivalentes al consumo anual de electricidad de 33 hogares.

Así mismo, la Copa alemana de 2006 generó 250.000 toneladas de emisiones de dióxido de carbono; la de Sudáfrica 2010 produjo 1,65 millones de toneladas; en Brasil 2014, los viajes de futbolistas y espectadores representaron el 83% de las emisiones, y en Rusia 2018 alcanzaron el 74%.

Este año la Copa Mundial, que por primera vez en la historia reúne a 48 equipos, se celebrará simultáneamente en Estados Unidos, Canadá y México. Las sedes estarán dispersas a lo largo del continente y las enormes distancias, diferencias climáticas y variaciones de altitud supondrán un reto tanto para futbolistas como para aficionados.

La logística aérea detrás del Mundial 2026

Con partidos repartidos en cuatro zonas horarias y separados por miles de kilómetros —desde Vancouver hasta Miami o de Guadalajara a Toronto— el torneo dependerá del transporte aéreo masivo para movilizar equipos, árbitros, médicos, cocineros, medios de comunicación y millones de aficionados.

Tres países anfitriones, condiciones ambientales diversas, largas distancias entre ciudades, y un mayor número de partidos de eliminación directa (de hasta 120 minutos) crearán condiciones inéditas tanto para los equipos como para el medioambiente.

Así, una selección podría iniciar el torneo en Toronto, viajar luego 3.500km hasta Los Ángeles, y posteriormente otros 1.500km hacia Seattle. Después podría desplazarse más de 4.000km hasta Boston para disputar un partido eliminatorio. A ello se suma que muchos estadios no cuentan con conexiones eficientes de transporte público, lo que incrementaría el uso de vehículos particulares y buses para movilizar aficionados.

En un solo continente habrá desplazamientos aéreos de hasta 6 horas —más de 4.000km entre Boston y San Francisco—, además de cambios constantes de huso horario que podrían afectar incluso el rendimiento deportivo.

Se estima que la Copa Mundial de 2026 generará al menos 9 millones de toneladas de dióxido de carbono, equivalentes a las emisiones anuales de 6,5 millones de vehículos británicos. Sería la Copa Mundo con mayor huella de carbono en la historia del fútbol, lo cual se explica especialmente por el aumento del número de partidos, espectadores y distancias entre sedes. Se estima que solo los viajes aéreos representarían cerca de 15 millones de toneladas de dióxido de carbono.Con partidos repartidos en cuatro zonas horarias y separados por miles de kilómetros —desde Vancouver hasta Miami o de Guadalajara a Toronto— el torneo dependerá del transporte aéreo masivo para movilizar equipos, árbitros, médicos, cocineros, medios de comunicación y millones de aficionados.

El evento plantea un desafío logístico y ambiental sin precedentes: 48 equipos, 104 partidos en 33 días, 16 sedes distribuidas en cuatro zonas horarias y millones de desplazamientos aéreos, en un torneo para el cual la FIFA prevé una asistencia récord de 5,5 millones de aficionados.

Al agrupar los partidos por regiones geográficas, las exigencias de movilidad para los espectadores serán enormes, obligándolos en muchos casos a viajar de noche entre una sede y otra para asistir a los encuentros.

Desafío climático dentro de la cancha

Además, durante la Copa Mundial 2026 muchos lugares experimentarán estrés térmico, es decir condiciones climáticas adversas provocadas por la combinación de altas temperaturas y humedad, las cuales dificultan que el cuerpo regule su temperatura, lo que podría en riesgo a futbolistas, árbitros y aficionados. Las proyecciones indican que varias ciudades anfitrionas experimentarían dicha situación, especialmente en verano, con temperaturas que superarían los umbrales considerados como seguros para deportistas de alto rendimiento y turismo deportivo.

En efecto, el torneo se disputará durante junio y julio, meses de altas temperaturas en América del Norte. El estrés térmico contribuye al desarrollo de enfermedades relacionadas con el calor, como golpes de calor y deshidratación, mientras millones de aficionados estarán expuestos a recorridos prolongados bajo condiciones extremas.

De las 16 sedes, 10 presentan un riesgo muy alto de experimentar tales condiciones extremas. Además, la altitud de algunas ciudades influye directamente en el bienestar físico y el rendimiento de los atletas, debido a la reducción de oxígeno disponible a medida que aumenta la altura sobre el nivel del mar.

El mayor riesgo de estrés térmico se proyecta entre las 2 y las 6 de la tarde en estadios ubicados en Arlington y Houston (Estados Unidos), así como en Monterrey (México). Houston necesitaría implementar pausas obligatorias de hidratación, mientras Dallas enfrentaría temperaturas que podrían superar los límites de seguridad establecidos por la FIFA.

Por ello, muchos estadios requerirán un consumo energético masivo para alimentar sistemas de refrigeración y climatización, configurando así un círculo vicioso: el cambio climático aumenta la necesidad de consumir energía, y ese mayor consumo energético acelera a su vez el calentamiento global.

Promesas ambientales aún sin cumplir

Aunque la FIFA ha realizado múltiples declaraciones sobre sostenibilidad y acción climática, hasta ahora las medidas concretas siguen siendo limitadas. Entre los patrocinadores oficiales de la Copa Mundo 2026 figuran empresas cuestionadas por su impacto ambiental como Aramco (considerada como uno de los mayores emisores históricos de GEI), Coca-Cola, señalada como el principal contaminador plástico del mundo, o Qatar Airways, altamente dependiente de vuelos de larga distancia.

Durante la COP26 de 2021, la FIFA presentó su estrategia climática prometiendo reducir las emisiones de GEI en un 50 % para 2030 y alcanzar emisiones netas cero en 2040 mediante 18 acciones específicas. No obstante, hasta la fecha solo se han completado dos de esas acciones.El torneo se disputará durante junio y julio, meses de altas temperaturas en América del Norte. El estrés térmico contribuye al desarrollo de enfermedades relacionadas con el calor, como golpes de calor y deshidratación, mientras millones de aficionados estarán expuestos a recorridos prolongados bajo condiciones extremas.

Este incumplimiento no parece obedecer a falta de recursos, pues para el período 2023-2026 la FIFA dispone de un presupuesto cercano a los 11.000 millones de dólares. El problema refleja más bien profundas debilidades en gobernanza, transparencia y rendición de cuentas frente a los compromisos climáticos internacionales.

La mayor fortaleza del fútbol reside en su alcance global. Con cerca de 5.000 millones de aficionados en el planeta, este deporte tiene la capacidad de influir en comportamientos, transformar narrativas y movilizar acciones colectivas frente al cambio climático global como pocas actividades humanas.

Así, los efectos del cambio climático global se volverán más frecuentes e intensos con el tiempo; el fútbol, el deporte rey, ahora debe jugar para ganar por el planeta.

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